Por AMERICAN HEART ASSOCIATION NEWS

Javier Arias (izq.) y su hermano Aurelio Arias en el Palote Panaderia. (Foto por American Heart Association News)

Javier Arias (izq.) y su hermano Aurelio Arias en la cocina de El Palote Panaderia, el restaurante de Aurelio y su familia. (Foto por American Heart Association News)

Read in English

Para los Arias, una reunión familiar significa comer.

Los tamales, lechón asado, arroz, frijoles y platillos especiales para celebrar cumpleaños, Día de las Madres o bodas, son los manjares que crecieron comiendo Javier Arias y sus siete hermanos en un área rural del norte de México. Décadas después de que se trasladaran a Estados Unidos, el administrador de proyectos de construcción de 58 años, junto con sus hermanos, continuaban la tradición de su abuelo paterno de matar cerdos y vacas para sus parrilladas.

“Eso es lo que une a las familias”, dijo Javier. “El comer”.

Javier y sus hermanos son un grupo unido. A partir de los setentas, se siguieron al norte de Texas desde su pueblo natal de General Terán. Pero en los últimos nueve años, los platillos que comen han causado conflicto entre ellos.

Fue en ese entones que Aurelio Arias, el hermano menor, anunció que sería vegano, es decir, que ya no comería ni carne ni lácteos. Su esposa Lily y su hijo mayor, Aurelio Arias, Jr., adoptaron la dieta vegana unos tres años después, y, luego, hasta su  hermana mayor, Andrea Alaniz, y su mamá, optaron por ser vegetarianas. Javier dejó tomar gaseosas y empezó a comer una dieta principalmente integrada por frutas, frijoles y verduras.

En realidad, ellos han dicho que sus objetivos fueron mejorar su salud y prolongar su vida para convivir más tiempo con sus familias.

Pero sus nuevas preferencias culinarias se implementaron a expensas de la armonía familiar. Los días festivos y los asados de los fines de semana nunca volvieron a ser lo mismo. Los familiares que aún comen carne sienten rechazo cuando los hermanos y su mamá no comen la comida que se sirve, y, a menudo, Aurelio y Lily ofenden a otros familiares cuando llevan sus platos veganos a las reuniones.

A Aurelio y a Javier se les ha dejado de invitar a bodas y quinceañeras, la fiesta que se les hace a las niñas de 15 años para celebrar su transición de la niñez a la adultez y hay veces que sencillamente deciden no ir a los eventos.

Uno de los hermanos mayores, Concepcion Arias, dice que la separación duele.

“He renegado porque ya no pueden convivir mucho con uno”, dijo el hombre de 61 años quien es padre de cinco hijos.

Javier Arias en la boda de su sobrino Edgar Martinez, antes de que cambiara su dieta. (Foto cortesía de Javier Arias)

Javier Arias en la boda de su sobrino Edgar Martinez, antes de que cambiara su dieta. (Foto cortesía de Javier Arias)

El conflicto de los Arias no sorprende a dos historiadoras de la alimentación y la cultura quienes dicen que los platillos que consumimos representan más que alimentos nutritivos. Las comidas, dicen las profesoras universitarias, están cargadas de significados de amor a la familia y las amistades, de clases sociales y de herencia.

“Las personas definitivamente creen que la cultura se transmite por medio de la comida”, dijo Alice P. Julier, Ph.D., directora del programa de estudios históricos de la alimentación y cultura en la Falk School of Sustainability and the Environment de la Chatham University. “El idioma frecuentemente desaparece. Pero la comida es algo que la gente supuestamente puede mantener y celebrar”.

Y comer las mismas comidas juntos es una manera con la cual las personas pueden fortalecer su herencia y sus relaciones de familia, dijo Amy Bentley, Ph.D., profesora de estudios de comida en la Steinhardt School of Culture, Education and Human Development, de la New York University. Cambiar lo que comemos, aunque sea por motivos de salud, se puede interpretar como una ruptura en la unidad familiar, comentó.

“Creo que los hábitos culinarios son casi tan importantes como la religión, en cuanto a cómo las personas pueden crear una identidad étnica y cultural”, dijo Bentley, cuyas investigaciones se han centrado en la alimentación, la cultura y la sociedad estadounidenses por más de dos décadas.

Dahlia Gomez, una dietista en una clínica en San Antonio, ha observado un patrón entre sus pacientes, en su mayoría hispanos y latinos.

Si la persona tiene problemas de salud, sus familiares le brindan su apoyo incondicional, dijo Gomez. Pero, si un miembro de la familia decide por motivos puramente personales que dejará de comer platillos que han sido parte del legado familiar durante generaciones, entonces tienden a aceptar menos el cambio.

Aurelio fue el primero en cambiar su dieta, la cual había sido rica en carne de res, y muy pobre en frutas y verduras.

El hombre de 48 años, quien es incluso propietario de un restaurante, dejó de comer carne y lácteos después que se lo llevaran de emergencia a un hospital con dolores de pecho. Tenía la presión arterial tan alta que tuvieron que internarlo. No pudo ir al sepelio de su papa porque los médicos le estaban controlando el corazón.

Aurelio ya había visto experiencias de problemas del corazón. Su papá sobrevivió un infarto, y el ataque cerebral que tuvo su abuelo se vinculó a su presión arterial alta.

“Amo a mi familia y no me quería morir”, dijo Aurelio.

Aurelio y Lily Arias (centro) con sus hijos Aurelio Arias, Jr. (extrema izq.) y Aaron Arias (extrema der.) en su restaurante, El Palote Panaderia. (Foto por American Heart Association News)

Aurelio y Lily Arias (centro) con sus hijos Aurelio Arias Jr. (extrema izq.) y Aaron Arias (extrema der.) en su restaurante, El Palote Panaderia. (Foto por American Heart Association News)

En aquel entonces, Javier también tenía problemas de salud: presión alta, colesterol alto, y diabetes, por lo que al ver cómo mejoró su hermano, cambió sus hábitos de alimentación.

Hoy en día, cada uno de los hermanos ha perdido más de 60 libras y se les han normalizado la presión arterial alta y el colesterol. Javier ya no necesita tomar medicamentos para controlar la diabetes.

Su hermana Andrea cambió la manera en la que comía después que los resultados de unos exámenes médicos mostraron que tenía el hígado graso.

“Yo era adicta a los steaks”, dijo la mujer de 63 años y madre de cinco hijos. “Era uno de mis vicios favoritos”.

Andrea Alaniz (centro, de rodillas) y su esposo Rogelio Alaniz (extrema izq.) con sus cinco hijos. (Foto cortesía de Andrea Alaniz)

Andrea Alaniz (centro, de rodillas) y su esposo Rogelio Alaniz (extrema izq.) con sus cinco hijos. (Foto cortesía de Andrea Alaniz)

Andrea ha animado a los hermanos que aún comen carne, a que prueben los tacos y las enchiladas que Aurelio y Lily ofrecen en su restaurante mexicano vegano. Unos se han visto más dispuestos a aceptar los cambios alimentarios de sus hermanos y su mamá.

Pero Concepcion aún no apoya la dieta sin carne que comen sus familiares, a pesar de que tiene sus propias restricciones alimenticias para controlar su diabetes, presión arterial alta y colesterol alto.

El propietario de una constructora siente nostalgia cuando recuerda las alegres reuniones familiares, cuando todos comían y disfrutaban los platillos que llevaban comiendo desde niños.

“Cuando la gente convive, es más alegre, y se pasa el tiempo más bien”, comentó Concepcion. “La vida se siente más suave”.