Por AMERICAN HEART ASSOCIATION NEWS

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Por mucho tiempo, los estudios de tratamientos han excluido a hispanos estadounidenses que no hablan inglés. Por eso, un grupo de investigadores de la Universidad del Sur de California utilizó la creatividad para reclutar a pacientes en un proyecto reciente.

Los investigadores se preguntaron: ¿contarían con muchos más participantes hispanos que en otros estudios si el proyecto tuviera personal hispanohablante y si los materiales informativos se ofrecían en español?

La estrategia dio resultado. En cuanto los investigadores empezaron hablar su idioma, fue sorprendentemente fácil reclutar a participantes hispanohablantes, dijo Nerses Sanossian, M.D., el autor principal del estudio y profesor agregado de neurología de la Keck School of Medicine de la Universidad del Sur de California.

El informe, publicado hace poco en la revista científica Stroke, analizó las propiedades protectoras del magnesio en las células del sistema nervioso de personas al padecer un ataque cerebral. Los 1.700 pacientes del estudio se trataron en hospitales de los condados de Los Ángeles y Orange, donde la proporción de hispanos es más alta que el promedio nacional. En el condado de Los Ángeles, el 38 por ciento de domiciliarios habla español.

“Los pacientes deberían poder dar su autorización y conversar con investigadores en el idioma con el que se sienten a gusto”, dijo Sanossian, quien domina bien el español. “La responsabilidad no es de ellos sino del investigador”.

Para ayudarles a reclutar participantes, los investigadores pidieron asistencia de paramédicos a quienes se les dieron dos teléfonos celulares – uno para llamar a un científico angloparlante y otro para llamar a un científico hispanohablante. Cuando los paramédicos atendían a una persona con síntomas de un ataque cerebral, usaron el teléfono correspondiente al idioma de preferencia del paciente. Los investigadores entonces les explicaban los objetivos del estudio y los documentos de autorización.

Al finalizar el proyecto, 402 de los participantes del estudio – o una cuarta parte – se habían identificado como hispanos de alguna raza. Entre ellos, casi la mitad optó por hablar con un investigador hispanohablante.

La raza y la etnia de un paciente pueden afectar la eficacia de los medicamentos y la de otros tratamientos, dijo Sanossian; por eso es esencial que los estudios de ataque cerebral reflejen la población general. Los investigadores, dijo, deben dedicar el tiempo y el dinero necesarios para contratar a personal hispanohablante y crear materiales informativos en español para los proyectos de investigación.

El ataque cerebral es una de las principales causas de muerte en hispanos, y ocupa el cuarto lugar entre ellas. En comparación, el ataque cerebral ocupa el quinto lugar en las causas de muertes entre todos los estadounidenses, y los costos le representan al país aproximadamente $34 mil millones de dólares.

Conforme crece la población y envejecen los 57 millones de hispanos estadounidenses, el ataque cerebral “puede tener un impacto más significativo en este grupo”, dijo Ralph L. Sacco, M.D., el jefe de neurología del Jackson Memorial Hospital en Miami, y profesor de neurología en la Miller School of Medicine en la Universidad de Miami.

Durante su carrera de tres décadas, Sacco ha atendido a pacientes hispanos de herencia caribeña en la Ciudad de Nueva York y Miami. La comunidad científica, dijo, debe esforzarse más para reclutar personal culturalmente afín con los pacientes. En el Northern Manhattan Study, por ejemplo, muchos dominicanos estadounidenses se matricularon para participar en la investigación del ataque cerebral porque varios de los empleados del proyecto venían de su misma herencia cultural.

Sanossian piensa incluir a investigadores hispanohablantes en estudios futuros que incluyan a hispanos.

Y éste es su mensaje para los hispanos: “Jamás podríamos avanzar la ciencia sin su participación. Queremos que los tratamientos se apliquen a personas como ustedes, como sus familias”.