Por AMERICAN HEART ASSOCIATION NEWS

Maryflor Peña (centro) y su familia en su graduación de octavo grado, celebrada este verano.

Maryflor Peña (centro) y su familia en su graduación de octavo grado, celebrada este verano.

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Maryflor Peña empezó a aumentar de peso cuando estaba en sexto grado. Estaba comiendo más de todo — más pasta, más panqueques, más tacos. Para el séptimo grado, había aumentado 65 libras.

Los exámenes de un chequeo médico indicaron que el cuerpo de la niña de 12 años padecía de presión arterial alta, colesterol alto y un hígado graso — condiciones comunes en niños y adultos que tienen sobrepeso o son obesos. Un especialista en pediatría le dijo a Maryflor y a sus papás que los dados ya estaban echados: Maryflor tenía que empezar a comer saludablemente y hacer ejercicio o estaría condenada a un futuro de enfermedad de corazón y diabetes.

Para ayudar a su hija, Ana Villalva y Marco Antonio Peña pidieron el apoyo de sus otros cinco hijos. Todos los miembros de la familia de Phoenix, Arizona tendrían que acoger los cambios de vida importantes que estaban por venir.

“Por todo platicamos en familia”, dijo Ana, una mamá de 44 dedicada al hogar.

Maryflor agradecía el apoyo que le brindaron sus papás. Las palabras positivas de su mamá la mantenían encarrilada.

“Siempre me decía, ‘Que maravilla estás perdiendo peso’”, dijo la adolescente de 14 años quien está en el noveno grado.

El compromiso de Maryflor también motivó a sus papás y hermanos a llevar vidas saludables.

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Hace dos años, los Peña vivían una vida diferente. No hacían ejercicio. Rara vez comían frutas o verduras. Las cenas incluían espagueti con albóndigas, huevos rancheros, salchichas y tortas de jamón, siempre acompañada de un vaso de gaseosa. En las noches de frío, tomaban chocolate caliente con pan dulce.

Ana y Marco trataron (con poco entusiasmo) de incorporar comidas de vegetales al menú familiar, pero los niños no los comían. Entonces, la pareja se dio por vencida.

Los recuerdos de su niñez en extrema pobreza en México aún persiguen a Marco, un cocinero de 45 años de edad. Marco, originario del estado de Guerrero, se crió en una familia de agricultores. Recordó levantarse con hambre y acostarse con hambre.

“Por el mismo grado de pobreza no tenemos muchos medios para decidir qué vamos a comer”, dijo. “Lo que queremos es tener algo para llevarnos a la boca”.

Marco estaba a cargo de cocinar la mayoría de las comidas cuando Maryflor empezó a ganar peso. Cocinaba lo que querían sus hijos y les permitía comer cuánto querían porque no quería que pasaran hambre.

Maryflor (izquierda) y su hermana Lizet, antes de perder peso.

Maryflor (izquierda) y su hermana, Lizet, antes de perder peso.

Pero al enterarse de que su hija enfrentaba problemas serios de salud, la pareja no dio a sus hijos la opción. Esta vez, tendrían que comer sus verduras.

Lo primero que eliminaron fueron las gaseosas. Dejaron además de comprar jugos de cajita, papitas y galletas, y redujeron la cantidad de tortillas y pan dulce que consumían. La familia empezó a comer pescado, lechuga, tomates, pimientos, fresas y otras frutas y vegetales. Los niños empezaron a llevar una botella de agua a dondequiera que iban.

Maryflor dijo que los primeros meses de la dieta nueva fueron difíciles. Se le antojaban Cheetos, Chips Ahoy y las otras comidas chatarra que comía habitualmente. Pero quería probarse a sí misma y a los demás que lo podía hacer. Es más, llegó a inspirar a una prima a comer más saludablemente.

El ejercicio es ahora parte de la rutina diaria de la familia. Maryflor usa vídeos de ejercicio para hacer ejercicio, y su rutina también incorpora saltarines y correr en el jardín trasero de la casa. Sus papás tratan de ir al gimnasio todos los días y sus hermanos menores juegan al fútbol cuando llegan a la casa de la escuela.

Para Maryflor, perder el exceso de peso la ha ayudado a aliviar el desgaste emocional y físico que causaba. En la escuela, un compañero de clase le atormentaba a Maryflor, diciéndole gorda y ponchadita. En la casa, estaba malhumorada y se quejaba de achaques y dolores. Lo que más le dolía a la adolescente, a quien le gusta estar al corriente de la moda, era que no le quedaba la ropa que le gustaba. Llegó un momento en que vestía la talla 10 de mujer.

“Mi sueño era ser delgada y tener ropa divertida y a la moda”, dijo.

Maryflor seguiría siendo una estadística si no habría cambiado sus hábitos.

Según datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, los hispanos tienen la tasa de obesidad más alta entre las niñas estadunidenses de dos a 19 años de edad. El 22 por ciento de las niñas hispanas son obesas, a comparación con el 21 por ciento de las niñas negras y el 15 por ciento de las niñas blancas.

En general, un cuarto de los niños estadounidenses hispanos entre los seis y 11 años de edad son obesos.

“Por eso es que también estamos tratando de corregir nusetra forma de comer”, dijo Ana, quien vio a sus padres batallar con diabetes. Con el tiempo, su madre perdió la vista y la capacidad para caminar.

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En la clínica del Phoenix Children’s Hospital donde recibió tratamiento Maryflor, la dietista Candace Johnson le enseñó a Maryflor y a su mamá cómo comer porciones adecuadas, y cómo preparar sus platillos favoritos de forma distinta. Sugirió, por ejemplo, sustituir el arroz integral por el arroz blanco, comer más pollo y menos carne de res, hornear más en lugar de freír y comer tortillas de maíz en lugar de las de trigo.

Ver a Maryflor “tomar las riendas y simplemente decir, ‘voy a tomar control de mi salud y lo voy a hacer y me voy a divertir’, me inspiró”, dijo Johnson.

Maryflor habla con emoción sobre sus confecciones de licuados. Sus sándwiches de pavo y jamón están atiborrados de espinacas, tomates y algas. Prepara su propia mezcla de frutos secos, y usa el internet para buscar fotos de comidas coloridas que la familia puede preparar.

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Maryflor Peña, después de perder peso.

El endocrinólogo de la clínica, Micah L. Olson, M.D., dijo que muchas de las familias que llegan a la clínica no tienen los recursos que necesitan para hacer cambios, o quizás no estén motivados para cumplir con los cambios que deben hacer.

“El grado de motivación de los padres es uno de los factores principales que determinan el éxito de los niños”, dijo. “No podemos estar más orgullosos de Maryflor y sus papás”.

Hoy, Maryflor cuenta los días que faltan para su quinceañera que celebrará la primavera que viene. La jovencita, cuya ambición es ser diseñadora de modas, quiere lucir un vestido morado y plateado.

Maryflor ha perdido aproximadamente 65 libras, y su mamá ha perdido 15 libras. Pero la jovencita quiere que los niños que tienen sobrepeso sepan que “incluso perder cinco libras puede [ayudarte] a sentir mucho mejor”.

La estrategia de la familia Peña de “todos para uno y uno para todos” ha sido la receta para el éxito de Maryflor.

“Veo el gran esfuerzo que ha hecho”, dijo Ana. “Me siento muy orgullosa de ella”.

Fotos cortesía de la familia Peña