Por AMERICAN HEART ASSOCIATION NEWS

Ignacio Montoya

(Foto cortesía de Ignacio Montoya)

Read in English

Ignacio Montoya y su padre, también llamado Ignacio, se ganaron la lotería de visas para salir legalmente de Cuba en 1997, cuando Montoya tenía 6 años.

Su mamá, Carmen, había muerto hacía dos años de leucemia. Después de la muerte de su esposa, el papá de Montoya no veía razones para quedarse. Se inscribió en la lotería inmigratoria y se ganó un boleto para salir.

Padre e hijo abordaron un avión en La Habana. Montoya nunca había visto algo parecido. Estaba más acostumbrado a ver las motonetas y las motocicletas que usaban las personas en su pequeño pueblo.

Montoya recuerda las luces de la ciudad cuando descendía el avión en el Aeropuerto Internacional de Miami.

“Fue algo de magia”, dijo. “Recuerdo el sentimiento de ansiedad y suspenso de no saber qué esperar. Ya oscurecía, y ver todas estas luces, esta ciudad, no sé si puedo empezar a describirlo”.

Los pasajeros aclamaron, aplaudieron, cantaron y lloraron cuando el avión tocó tierra.

“Desde ese día,” dijo Montoya, “me propuse que quería volar aviones”.

Poco después, pararon los dos en Atlanta. Durante sus vacaciones de invierno, Montoya trabajaba junto a su papá instalando puertas para garajes.

Un día, cuando se tomaba un descanso, le dijo a su hijo, “¿Ves lo duro que trabajo, en este frío, cortándome las manos, forzando la espalda? No tienes que hacer esto, Ignacio. Ya no estamos en Cuba. Puedes obtener una educación, puedes perseguir tus sueños”.

Montoya no quería decepcionarlo. Entonces, estudió. Sacó buenas notas. Y poco después de empezar clases en la George State University, fue a una oficina de reclutamiento de la Fuerza Aérea.

“¿Cómo me hago piloto?” le preguntó al reclutador.

El reclutador le dijo que las posibilidades de ser escogido para el entrenamiento de piloto eran menos de una en mil.

“Mejor que tengas un plan de contingencia”, le sugirió a Montoya.

Pero Montoya estaba empeñado a servir a su nuevo país. Se inscribió simultáneamente en Georgia Tech, que tenía un programa del Cuerpo de Capacitación de Oficiales de la Reserva de la Fuerza Aérea, AFROTC por sus siglas en inglés.

Mantuvo altas sus calificaciones, se mantenía en forma e incluso se hizo una cirugía ocular para tener una visión perfecta. Llegó a ser capitán de la guardia de honor de la unidad del AFROTC.

Y luego, en el año 2012, pasó lo inconcebible –Montoya fue seleccionado para el entrenamiento para pilotos.

“Todo lo que había soñado se hacía realidad”, dijo.

Ignacio Montoya

(Foto cortesía de Ignacio Montoya)

Montoya se iba a graduar en la primavera de 2013. Al final del semestre de 2012, Montoya, quien llevaba medallas y listones de distinción en su uniforme, le habló a un grupo de cadetes nuevos en el campus de Georgia Tech. Se fue y se montó en su motocicleta. La encendió.

Fue el último sonido que recuerda escuchar por más de tres meses.

Camino a su casa de la ceremonia, una camioneta se le atravesó. Fue lanzado dentro del vehículo y por encima de él. Paró tirado en la carretera.

Quedó ahí en lo que los vehículos de emergencia lidiaban con el tráfico pesado de la tarde, también causado por las personas que hacían sus compras navideñas en el centro comercial cercano.

Kathryn Thorpe, una enfermera pediátrica que estaba haciendo sus compras para la Navidad, se encontró en el sitio del accidente y vio a Montoya. Le hizo compresiones en el pecho por 15 minutos.

“Es algo que se queda contigo”, recordó Thorpe del lugar del accidente, un joven en uniforme cuya cara no podía ver y que no tenía pulso. Continuó haciéndole la reanimación cardiopulmonar . Por fin detectó un pulso débil. Los paramédicos llegaron y se llevaron de prisa a Montoya, quien había cumplido los 22 años el día anterior.

Por varios meses, Thorpe no sabía que le había pasado al muchacho. Montoya, quien quedó paralizado por el accidente, estuvo en coma por tres meses.

Según estadísticas de la American Heart Association, cada hora, aproximadamente 40 personas tienen un infarto fuera del entorno hospitalario, y aproximadamente 9 de 10 no sobreviven. Sin embargo, recibir RCP por un espectador puede duplicar e incluso triplicar las posibilidades de supervivencia de la víctima.

Cuando se le dio de alta del Shepherd Center, pudo obtener el reporte de tránsito. Tenía la esperanza que al leer el reporte y regresar al lugar del accidente podrían revivir algunos recuerdos. Pero nada.

Encontró el nombre de Kathryn Thorpe en el reporte. Había un número. La llamó.

“Nunca supe si había sobrevivido”, dijo Thorpe.

Montoya la invitó a una ceremonia en Georgia Tech, donde recibió un premio. Se lo dio a Thorpe. Los oficiales y cadetes se pusieron de pie para ovacionarla.

Thorpe dijo que la lección más importante de su experiencia es que la RCP Manual puede salvar vidas.

Ignacio Montoya

(Foto cortesía de Ignacio Montoya)

“No tiene que ser de boca a boca. Cualquiera puede salvar una vida. La gente necesita saber esto”, afirmó.

“Siempre estaré agradecido con ella por salvarme la vida”, dijo Montoya, quien se graduó de la institución Georgia State en mayo 2014. “Ella logró que lo imposible fuera posible. Y con la continua gracia de Dios, caminaré otra vez”.

La Fuerza Aérea le está dando hasta el año 2020 para regresar a su comisión, si recupera su funcionalidad neurológica y movilidad lo suficiente para salir de la silla de ruedas.

Aunque Montoya reconoce que le falta mucho para volver a volar solo, por el momento ha ajustado sus sueño. Ahora espera estudiar ingeniería biomédica para aprender a desarrollar dispositivos que puedan ayudar a otros que han tenido lastimaduras en la médula espinal para que to tengan que depender de una silla de ruedas.